Carla Margarita González
Pasar del inconsciente al cuerpo hablante supone atravesar el discurso incidente de Lacan. Se trata de un pasaje hecho de desplazamientos y remociones conceptuales que repercute en el orden simbólico sobre el cual Lacan estructuraba el inconsciente de Freud. Desplazamiento del inconsciente estructurado como un lenguaje al inconsciente que “da testimonio de un real que le es propio”; [1] del síntoma como advenimiento de significación a acontecimiento de goce. En la base de estos giros, sobreviene un modo diferente de concebir, no sólo la práctica analítica, sino también la experiencia y, particularmente, cuando el punto de interrogación está puesto en la interpretación. Leo decir a Jacques-Alain Miller que la interpretación se torna problemática “desde el momento en que el modo de gozar se instala en el corazón de la experiencia analítica”; [2] y, recientemente, escuchaba a Graciela Brodsky decir que el problema de la interpretación es actual, que no está resuelto. Resulta así que la interpretación no cesa de estar en el orden de la imposiblidad de definir. Es en la imposibilidad misma del enredijo entre el significante y el goce, que la interpretación pueda reformularse cada vez.
Me pregunto por la interpretación en la práctica. Cómo el analista puede intervenir para incidir sobre lo real del síntoma y apuntar así al acontecimiento de goce; pero también me pregunto qué de la interpretación, en este giro hacia lo real, desde la experiencia: desde la posición analizante.
Desde la perspectiva del analista, la interpretación es conmovida a provocar un efecto de sentido, uno que vaya más allá de la retórica propia del inconsciente, que apueste, lo diré así, por una prosodia que, además de incidir en el sujeto dividido, concierna también a la pulsión, por tanto, a la experiencia de satisfacción. Bien puntúa Miller que “podría ser que el acontecimiento de goce no tenga que ver con el desciframiento, sino más bien que se sitúe al nivel del corte”. [3] En este nivel, la sesión analítica, más allá de su duración, entendida como corte, en el espacio entre sesión y sesión, revela lo real del propio inconsciente: su discontinuidad.
Si la interpretación, en su función de corte, del lado del analista, apunta a alcanzar la experiencia de la pulsión en el analizante, experiencia determinada por la incidencia de lalengua sobre el cuerpo y experiencia definida por Lacan como “el eco en el cuerpo del hecho de que hay un decir”, [4] del lado del analizante, no sin su consentimiento, ¿cabría situar la interpretación en el sobrevenir acontecimiento del decir? Lacan ubica el decir en el “orden del acontecimiento”, [5] y éste, en tanto de goce, da cuenta de una experiencia de satisfacción.
Llegado a este punto de elucubración en torno a la interpretación entre la práctica y la experiencia, me resulta esencial lo que, a continuación, leo en Miller: que dice qu para Lacan “el summum del analista es la posición del analizante”. [6]
[1] Miller, J.-A., Todo el mundo es loco, Paidós, Buenos Aires, 2015, p. 165.
[2] Miller, J.-A., La fuga del sentido, Paidós, Barcelona, 2012, p. 18.
[3] Miller, J.-A., Todo el mundo es loco, op.cit., p. 216.
[4] Lacan, J., El Seminario, Libro 23, El sinthome, Paidós, Buenos Aires, 2006, p. 18.
[5] Lacan, J., Seminario 21 “Les non-dupes errent”, clase del 18 de diciembre de 1973, inédito.
[6] Miller, J.-A., “Sobre la originalidad del fin de análisis”, Cómo terminan los análisis. Paradojas del pase, Grama, Buenos Aires, 2022, p. 240.
