Argumento
Extraer de la transmisión de Lacan los principios de la práctica analítica, de la experiencia de análisis y del control de la práctica, implica hacer de los mismos una brújula en la formación de los analistas en nuestra Escuela, como comunidad de experiencia. En palabras de Miller: “El psicoanálisis como tal es una experiencia que pone al sujeto en condiciones de asumir la posición del psicoanalista”.[1]
¿Cuáles son los fundamentos del psicoanálisis de la orientación lacaniana?, ¿cuáles los principios a partir de los que se elabora y establece una práctica que se autoriza en determinado tiempo lógico de la experiencia analítica del practicante?, ¿qué entendemos por principios y de qué manera ellos ponen la práctica analítica en la dimensión del acto?
Orientación y experiencia
En el tema de las XV Jornadas de la NEL, La orientación de la experiencia psicoanalítica, resuena el título del escrito de Lacan La Dirección de la cura y los principios de su poder, de 1958. En sus “Puntuaciones sobre la Dirección de la cura”,[2] Miller discute la traducción de la palabra francesa cure por cura, en tanto no se trata de curar como recuperación de la salud, sino de tratamiento y de este como experiencia, como un proceso único que es singular y, por tanto, se orienta en principios. Situar los principios que atraviesan la enseñanza de Lacan, cuando volvemos a sus fundamentos, demuestra cada vez, que la orientación por lo real –tanto en la práctica como en la episteme y en la política– no puede tener una ley.
La relación entre orientación y experiencia implica contar con un vacío. Hay un hiato producido por lo real a ser bordeado, no hay paridad entre ambas, son dos significantes con algo que no se termina de ubicar, de localizar, de nombrar y que hace consistir un vacío: lo que no hay.
Sabemos, con Freud y con Lacan, que no hay orientación de una experiencia sin un autorizarse a ello. Un analista se orienta en su práctica, no sin los saldos de su propio análisis, de la formación con otros en la Escuela y es desde allí que puede orientar un tratamiento. Al respecto, Lacan nos da en la “Proposición del 9 de octubre de 1967…” un primer principio: “el psicoanalista no se autoriza sino a sí mismo”.[3] Luego dirá, en la “Nota Italiana” en el 73, que “…es del no-todo de donde surge el analista”.[4]
No hay el analista, no hay la relación sexual, pero sí hay el real propio del inconsciente, que irrumpe de manera contingente en la práctica. Es la razón por la cual no podemos hacer de la orientación de la experiencia psicoanalítica un estándar, porque lo que sí hay son trozos de real imposibles de hacer encajar en la ley de ningún protocolo o clasificación. Es una clínica bajo transferencia que se orienta desde la entrada por el fin de análisis, y en ello por el sinthome. Recordemos con Miller que “…lo que Lacan llama sinthome es la tautología de lo singular”,[5] esa solución que es el anudamiento único e incomparable de cada parlêtre, la relación singular de cada uno con su goce y la forma de arreglo con su modo de gozar. Es el real propio del psicoanálisis y la brújula en la orientación de la experiencia analítica.
En la dimensión de la Escuela, la invitación a trabajar este tema nos interpreta: ¿cómo acceder a una conversación clínica desde la enunciación, con lo que le hace pregunta en la práctica a cada uno?
¿Qué principios pueden extraerse hoy de “La Dirección de la cura y los principios de su poder” como orientación de la experiencia psicoanalítica?
Miller afirma de la enseñanza de Lacan: “Lacan es un bloque. Debe ser tomado como tal”,[6] y es en esa perspectiva que nos proponemos en este argumento extraer de este escrito principios que lo atraviesan, leídos a partir de otros tiempos lógicos de su enseñanza.
Lacan sitúa, en “La Dirección de la cura…”, un principio esencial: “El psicoanalista sin duda dirige la cura…no debe dirigir al paciente”.[7] Es un principio tanto político como ético, que está en la dimensión de las elecciones forzadas que buscan preservar la “situación analítica” y que no es sin la posición y orientación del analista en ella.
También en este escrito Lacan establece que el analista es convocado en su práctica en tres niveles, en los que debe pagar:
- Con palabras en la interpretación, la cual constituye su táctica. De un lado destaca el poder de la palabra, y del otro el del silencio para que la “…interpretación recobre el horizonte deshabitado del ser”.[8] La construcción de cada caso da cuenta de la lógica de la cura y del modo en el que el practicante se apoya en la demanda para aislar los S1, situar la división subjetiva, o demostrar la manera como maniobra con lo ininterpretable que es eso indecible y sin sentido que apunta al goce y al inconsciente real, a los significantes solos, sin ningún sentido, con los cortes, con la nominación, con la resonancia neológica entre sonido y sentido, con los equívocos…
- Con su compromiso e implicación, es decir, “con su persona”,[9] en una clínica bajo transferencia, en su doble cara: la puesta en acto de la realidad del inconsciente y la resistencia en la experiencia analítica, es decir su registro pulsional y de semblante de objeto. Con relación a la demanda, Lacan dirá que el analista: “…no debe responder ante ella sino de la posición de la transferencia”,[10] que implica el análisis del analista en ese pago, porque no puede estar instituido por el fantasma fálico, ni responder con su ser de goce, sino desde el lugar del Ya-Nadie en sus maniobras con la transferencia. ¿Cómo se las arregla un practicante con la marca traumática, sin sentido, para vincular la transferencia al desciframiento y apertura del inconsciente?, ¿cuáles los impases transferenciales y las formas de arreglo de cada analista en su práctica, en los tiempos actuales, para que se instale la transferencia? Nos orientamos por Lacan cuando afirma que “al comienzo del psicoanálisis está la transferencia. (…) Está en el inicio. Pero, ¿qué es?”[11]
- Con su estrategia y con el acto analítico, es decir, “…con lo que hay de esencial en su juicio más íntimo”,[12] en la política, que es la manera como se pone en juego el deseo del analista que está, en forma ineludible, sobrepasado por su acto. De ahí la importancia de dar cuenta de los momentos memorables del control del acto analítico, de las dificultades con una experiencia orientada por lo real. ¿Qué conversación podríamos abrir en cada caso sobre los impases y los obstáculos que hay que vencer?
Constatamos que el título de las XV Jornadas de la NEL y el escrito de Lacan ponen en tensión el término “cura” con el de “experiencia”. Un elemento que podemos extraer de esta tensión es que, a diferencia de la cura, LA Orientación –así, con mayúscula–, definitiva, final, universal, no existe en psicoanálisis. La experiencia analítica es única, singular e irrepetible y, por tanto, abarca no solamente el aspecto terapéutico del psicoanálisis, sino los efectos analíticos en el devenir mismo de un análisis, en el que la clínica del fin de análisis orienta la entrada.
Sin estándares ni protocolos, pero no sin principios, implica que cada caso construye su propia orientación, tal y como muestra el principio esencial que situamos en “La dirección de la cura…”: la posición analítica se opone a una posición de poder en esta. En la orientación por lo real, es el modo de goce, que es lo incurable de cada uno y las formas de arreglo con lo real, lo que orienta. “Debemos tomar un punto de partida que, en la experiencia del inconsciente, hay lo real…Con todo eso, hacemos no obstante una demostración y una transmisión. Aquí tienen la orientación”.[13] Esa es la brújula que nos propone Miller para orientarnos por la disrupción contingente de lo real en la experiencia analítica que demuestra eso imposible, en tanto no cesa de no escribirse.
Con este argumento invitamos a transmitir y a demostrar, en la elaboración y en la construcción de cada caso, cómo opera cada analista con esa orientación en la singularidad de la experiencia psicoanalítica.
[1] Miller, J.-A., “Perfección del psicoanálisis” (1983), Cómo terminan los análisis. Paradojas del Pase, Navarin/Grama, Buenos Aires, 2022, p. 77.
[2] Miller, J.-A., “Puntuaciones sobre la Dirección de la cura” (1992), Conferencias porteñas, Tomo 2, Paidós, Buenos Aires, 2009, p. 175.
[3] Lacan, J., “Proposición del 9 de octubre de 1967 sobre el psicoanalista de la Escuela”, Otros escritos, Paidós, Buenos Aires, 2012, p. 261.
[4] Lacan, J., “Nota Italiana” (1973), Otros escritos, Paidós, Buenos Aires, 2012, p. 328.
[5] Miller, J.-A., “Singularidad”, Sutilezas analíticas, Paidós, Buenos Aires, 2011, p. 100.
[6] Miller, J.-A., “Acero el abierto” (1990), El nacimiento del Campo Freudiano, Paidós, Buenos Aires, 2023, p. 82.
[7] Lacan, J., “La Dirección de la cura y los principios de su poder” (1958), Escritos 2, Siglo veinituno editores, Buenos Aires, 2005, p. 566.
[8] Ibíd., p. 621.
[9] Ibíd., p. 567.
[10] Ibíd., p. 599.
[11] Lacan, J., “Proposición del 9 de octubre de 1967 sobre el psicoanalista de la Escuela”, Op. Cit., p. 265.
[12] Lacan, J., “La Dirección de la cura y los principios de su poder” (1958), Op. Cit., p. 599.
[13] Miller, J.-A., “Un real para el psicoanálisis” (1996), Cómo terminan los análisis. Paradojas del Pase, Navarin/Grama, Buenos Aires, 2022, p. 289.
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