Entrevista a Ricardo Seldes

Invitado a las XVI Jornadas de la NEL “La metáfora paterna”

1. Jacques-Alain Miller en una intervención del 2013, −a partir de una invitación de la escritora francesa Christine Argot y su novela “Una semana de vacaciones”− plantea una orientación central para la práctica analítica: “hay que salir de la era del padre”. Destaca que si bien Jacques Lacan a la altura del Seminario 3, 4 y 5, desimaginariza el Edipo freudiano y desedipiza el goce, ya a la altura del Seminario 6, desde la dimensión del deseo, introduce la inconsistencia del Otro. La NEL se encuentra trabajando hoy como tema de sus jornadas la metáfora paterna. En la fórmula de la metáfora paterna que Lacan proporciona la función del Nombre del Padre es esencial en relación a la constitución subjetiva. ¿Cómo se pueden interpretar estas dos orientaciones: “salir de la era del padre” y la actualidad de la metáfora paterna en la clínica del presente?

En verdad no se trata de abolir el Padre, sino de dejar de concebirlo como el principio universal de ordenamiento de la experiencia subjetiva. Para todos parece ya una obviedad que hemos entrado en una época caracterizada por la declinación de la función paterna. Precisamente por eso adquiere todo su alcance la elaboración lacaniana sobre la pluralización de los Nombres del Padre. ¿Qué quiere decir esto?

Cuando ubicamos que el Padre es una solución entre otras para el tratamiento del goce, implica que no se trata de interpretar todo en función del Edipo, sino de orientarse por el modo singular en que cada sujeto consigue anudar su goce. Ello no vuelve obsoleto el recurso clínico al Edipo, lo digo porque muchas veces utilizamos la pregunta si en tal caso hay o no significación fálica comprobable. La clínica de la psicosis muestra que el Nombre del Padre no constituye una necesidad lógica universal. Su ausencia no impide toda organización subjetiva, sino que obliga al sujeto a inventar otras formas de tratamiento del goce cuando ese semblante fracasa, cuando aparece el goce sin esa mediación. Decir que el Padre deja de ser la solución única para convertirse en un recurso posible implica un cambio enorme, porque desplaza el eje desde la excepción paterna hacia la invención de cada sujeto. Salir de la era del Padre no significa vivir sin semblantes. Significa dejar de creer que el Padre es el semblante privilegiado y universal.

¿Qué consecuencias tiene esto en nuestra práctica? Miller relee la metáfora paterna diciendo algo muy notable: el Nombre del Padre es el nombre que viene a nombrar el goce de la madre. Incluso propone que el Padre funciona como un seudónimo del goce de la madre. Es decir, la metáfora paterna no es primero una ley. Es una operación destinada a dar un nombre al goce innombrable y volverlo soportable simbólicamente.

Si ya no estamos en la era del Padre, la práctica no puede sostenerse únicamente sobre el ideal de una estructura edípica bien instalada; debe orientarse por la invención de un saber-hacer con el goce, incluso cuando el Nombre del Padre está debilitado o no opera de la manera clásica.

Podemos agregar que salir de la era del Padre permite comprender por qué la orientación lacaniana ha sabido renovar su práctica para responder a las formas contemporáneas del sufrimiento. Allí donde el Padre ya no constituye el principio universal de la experiencia, el analista no busca restituirlo, sino acompañar la invención singular con la que cada sujeto logra hacer algo con el goce que lo habita. Precisamente por eso la metáfora paterna conserva hoy toda su actualidad, porque nos permite aislar la lógica de una operación clínica fundamental: la posibilidad de que un significante venga a nombrar un goce hasta entonces enigmático y, de ese modo, hacerlo simbólicamente soportable. Esa operación puede realizarse hoy por vías distintas del Nombre del Padre.

La actualidad de la metáfora paterna reside menos en la centralidad del Padre que en el valor lógico de la metáfora como tratamiento del goce. La lógica de la metáfora sobrevive al privilegio del Padre.

2. Venimos de trabajar en el Congreso de la AMP el tema “no hay relación sexual”. A propósito del tema de las jornadas, encontramos una cita de Lacan en el último capítulo del Seminario 11, que nos parece anuda un tema con otro. Allí Lacan dice, en la página 283: “todo refugio donde pueda instituirse una relación vivible, temperada, de un sexo con el otro, requiere la intervención de ese medium que es la metáfora paterna; en ello radica la enseñanza del psicoanálisis”. ¿Qué consideraciones tendrías sobre este planteamiento de Lacan?

Subrayemos especialmente el significante “refugio”. Esta es la clase posterior a la fundación de la EFP en 1964, a la que calificó como refugio y base de operaciones con respecto al malestar en la cultura. Al comienzo de esta clase, Lacan recuerda que, por lo que llama la dystychia —el desencuentro con gran parte de sus colegas—, tuvo que suspender el seminario sobre Los Nombres-del-Padre para dedicarse a plantear qué orden de verdad genera nuestra práctica. Utilizará así los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis para responder a la pregunta acerca de qué seguridad tenemos de no estar en la impostura, apelando a la creencia en la religión y en la ciencia. Su respuesta para el análisis es la del deseo del analista, que no es un deseo puro. Lacan acaba de mostrar que el deseo llevado a su pureza no conduce naturalmente al amor ni a la convivencia; al contrario, puede conducir al sacrificio, incluso al asesinato del objeto amado. Ese es el sentido de la referencia a Kant con Sade: una ley absolutamente separada del objeto puede transformarse en una máquina mortífera.

En cambio, en el último párrafo de la última clase del seminario, dice: “todo refugio donde pueda instituirse una relación vivible, temperada, de un sexo con el otro, requiere la intervención de ese médium que es la metáfora paterna”. La palabra “médium” no significa aquí un intermediario contingente, sino un medio de transmisión, un operador simbólico. La metáfora paterna cumple justamente esa función: media entre el deseo y el goce. No elimina el deseo, pero impide que el sujeto quede enfrentado directamente al deseo en estado puro o al goce ilimitado del Otro.

“Todo refugio donde pueda instituirse una relación vivible, temperada…”. La elección del término “refugio” es significativa. Parece admitir implícitamente que la relación entre los sexos nunca está plenamente asegurada; sólo existen construcciones, refugios, arreglos o invenciones que vuelven la vida amorosa soportable. La metáfora paterna es el operador clásico de ese arreglo. El otro refugio será su creación, su invención: la Escuela de Psicoanálisis. Para hacer posible otra cosa que el desencuentro, es necesaria la posición de creer en el síntoma. Quizás una respuesta sería decir que el hombre le haga saber a la mujer que ella tiene algo para decir del síntoma que los une.

3. En las instituciones de salud y en los consultorios se hacen cada vez más presentes las consultas de urgencia por la irrupción de grandes dosis de angustia. Desde tu amplia experiencia en el tema ¿qué operatividad de la metáfora paterna podríamos considerar en estos casos?

En primer lugar, evitaría pensar que la intervención analítica en la urgencia consista en restaurar la metáfora paterna. Esa formulación corresponde a un momento preciso de la enseñanza de Lacan. La clínica contemporánea nos confronta con sujetos cuya dificultad no siempre depende de un déficit de la función paterna, sino de la irrupción de un goce sin mediación suficiente.

En la urgencia, la primera tarea del analista consiste precisamente en introducir una mediación allí donde el sujeto se encuentra capturado por la inmediatez de la angustia. Esa mediación puede ser una palabra, un significante, una escansión, una cita, un dispositivo institucional o incluso un modo singular de nombrar lo que irrumpe. Lo decisivo es producir una distancia respecto del goce que invade.

Si ese operador coincide con una función paterna, tanto mejor. Pero la experiencia muestra que, en muchos casos, la estabilización se obtiene por vías que Lacan nos enseñó a reconocer: una invención sintomática, un modo singular de hacer con el objeto, un arreglo contingente que permite al sujeto recuperar una posición.

Frente al malestar en la cultura actual y la irrupción de un real desprovisto de ley, los analistas inventamos dispositivos institucionales situados en la ciudad. La angustia desbordante o el vacío de la indeterminación subjetiva confrontan al sujeto con una prisa por concluir que empuja al pasaje al acto o a la petrificación del pensamiento. Nuestra respuesta analítica allí no es responder con más urgencia (la nuestra) ni ofrecer soluciones segregativas inmediatas. Operamos introduciendo una pausa. La pausa no es una espera pasiva; es un acto clínico que aloja la angustia, interrumpe la velocidad del discurso y abre un intervalo para propiciar el pasaje de la irrupción pura a la posibilidad de un relato. Así, el tratamiento breve no se define por la duración sino por la precisión. Su valor clínico radica en introducir una escansión que recorta un significante suelto (S1), localiza un punto de goce y transforma el tiempo cerrado de la crisis en un efecto de verdad mutable para el sujeto.

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