¿Qué nos enseña la metáfora paterna sobre la falta de objeto?

Editorial

Los textos reunidos en Caracol(a) N.° 4 se dejan orientar por una pregunta que acompaña el trabajo hacia las XVI Jornadas de la NEL ¿qué nos enseña la metáfora paterna sobre la falta de objeto?

Lejos de reducirse a una ley que prohíbe, la metáfora paterna introduce una operación decisiva: inscribe una falta, recorta un vacío y, con ello, abre la posibilidad del deseo. Allí donde algo no está ni podrá estarlo nunca puede comenzar la búsqueda, la invención, el lazo con otros.

Los cuatro trabajos que componen este número recorren distintas aristas de esa cuestión: desde el efecto de la frustración en la infancia y el estatuto del objeto-partenaire, hasta las modalidades contemporáneas del síntoma y del goce, para llegar a aquello que puede producirse cuando las insignias paternas dejan de ofrecer al sujeto una respuesta asegurada.

Miller señala:

[…] tenemos al final del análisis, un objeto duro (que) adquiere su relieve, se vuelve evidente, […] un hueso […] De la misma manera que quien se voltea al salir identifica por fin lo que siempre había tenido delante de sus ojos sin verlo, es al final que el sujeto en análisis […] sabrá de qué ha estado hablando durante todo su análisis. [1]

Esta es, entonces, una invitación a seguir el trayecto que proponen estos textos y a dejarnos interrogar por ese singular motor de la relación del sujeto con el mundo: la falta de objeto.

¡Buena lectura!

Diana Ortiz
Paulina Salinas

[1] Miller, J.-A., “Visto desde la salida”, Cómo terminan los análisis, Grama, Buenos Aires, 2022, p. 85.

NIÑOS ENCHUFADOS, MADRES DESORIENTADAS

Carolina Vignoli*

Estamos en la época de la proliferación desmedida de los objetos del mercado, objetos que buscan colmar todos los agujeros del deseo y la demanda. Además, hay una psicologización que invita a no frustrar a los niños, señalando con dedo acusador a quien ose sublevarse contra ese mandato. En el medio están las madres intentando orientarse, sin contar con la brújula de la tradición que el capitalismo ha horadado. Para Lacan la madre es el agente de la frustración porque introduce el objeto en tanto falta.

Es por su ausencia que el niño puede empezar a jugar con el par significante Fort-Da para simbolizarla. “La llamada al objeto materno se produce propiamente cuando se halla ausente- y cuando está presente, es rechazado […]”. [2] En la secuencia de ese par significante es que se inserta la posibilidad del nacimiento de lo simbólico. Esto es lo que abre la posibilidad de la castración.

En un momento dado, la madre puede no responder a la demanda y eso hace ingresar a los objetos en el circuito del don de amor, elevándolos a su dignidad simbólica. Pero en la proliferación infinita de objetos de consumo –colecho, pecho, comidas rápidas, pantallas, apuestas, cigarros, etcétera–, muchas madres prefieren evitar el grito del niño taponándoles la boca, enchufarlos de manera continua al objeto del momento, mirar para otro lado, evitando interrumpir el circuito de goce que apacigua y tiraniza al niño.

Si el rechazo al destete es el paradigma del rechazo a la cesión del objeto y del consentimiento al Otro del discurso, si la madre no toma a su cargo la operación de la frustración, y el sujeto no consiente a la separación, se le cerrará la posibilidad de inscripción en el lazo social y su malestar transitará entre las patologías de la conducta o del ánimo.

Un analista hará la oferta de la transferencia que le permita al niño o a la madre –consentimiento mediante– encontrar el límite de lo imposible, de lo que no se puede, como antídoto al exceso insaciable del goce.


* Psicoanalista en Santiago de Chile, Chile. Miembro de la Nueva Escuela Lacaniana (NEL) y de la Asociación Mundial de Psicoanálisis (AMP).

[2]  Lacan, J., El Seminario, Libro 4, La relación de Objeto, Paidós, Buenos Aires, 2008, pp, 68-69.

LA POSICIÓN DEL ANALISTA FRENTE A LOS OBJETOS DEL NIÑO

Dennis Ramírez Méndez*

Los objetos con los que juega e interactúa un niño −ya sean los juguetes tradicionales o las nuevas tecnologías− comparten una misma función en su economía libidinal: son objetos investidos de valor.

Desde esta perspectiva el analista queda atento al “otro uso” que el sujeto hace de él. Este desplazamiento es decisivo en el tratamiento infantil: el interés clínico no recae en clasificar los objetos entre “buenos” o “malos”, sino en leer en el encuentro con el niño, su modo singular de relacionarse con ellos. Es, en efecto, “en tanto que semblantes que los objetos son manipulables, intercambiables, robados, prestados u otorgados, perdidos o encontrados”.[3] Se trata de recibir esos objetos partenaire del niño.

Frente a la pregnancia del consumo en la infancia actual, ¿cómo se sitúa el analista para posibilitar que un objeto saturado por el mercado alcance “ese otro uso”? En la experiencia con niños, se trata de ubicar la relación del sujeto con su objeto-partenaire: un objeto que condensa goce y sostiene la falta.

Una pequeña de 8 años es traída a consulta con el diagnóstico de anorexia. En la primera entrevista ingresa sosteniendo un pequeño pony. “¡Qué grande tu pequeño pony!”, expresa la analista. Ante este recibimiento, la niña revela la verdad de su entorno: su habitación está repleta de juguetes que la abuela multiplica sin cesar, hasta el punto de no dejarle espacio. La analista sanciona: “Claro, cuando uno tiene demasiado, no le queda lugar”.[4]

En la sesión siguiente, la niña trae un sándwich. La analista pide amablemente al padre guardarlo para después. La sesión gira entonces entre el ruido de la casa (los hermanos) y la búsqueda de silencio de la niña. Poco después, ella comienza a comer sin dificultad.

La docilidad de la analista consiste en posibilitar que el niño encuentre un uso singular de su objeto-partenaire. Al encarnar la falta y alojar el silencio, permite que el objeto pase de la saturación al espacio de la pérdida. Es este “otro uso” el que permite construir una solución sintomática que pacifique el cuerpo e inscriba un nuevo modo de habitar el lazo social.


* Psicoanalista en La Habana, Cuba. Miembro de la Nueva Escuela Lacaniana (NEL) y de la Asociación Mundial de Psicoanálisis (AMP).

[3] Roy, D., “Los niños y sus objetos”, Revista Rayuela, N° 11. https://www.revistarayuela.com/es/011/template.php?file=notas/los-ninos-y-sus-objetos.html

[4] Udenio, B., “Los niños lacanianos”, Desarraigados, Paidós, Buenos Aires, 2016, p. 227.

¿QUÉ ORIENTA AL PSICOANALISTA FRENTE A LA VARIEDAD DE LOS SÍNTOMAS ACTUALES?

Lilibeth García*

Cuando hablamos de síntomas actuales, hacemos referencia a sujetos cuyos síntomas se presentan bajo la forma de excesos autodestructivos que carecen de permeabilidad al sentido, o tienen muy poca. Es decir, no tienen nada para decirle al Otro. Frente a esto, resulta esencial preguntarnos: ¿cómo orientarnos como analistas frente a estos síntomas?

En la época en la que Freud inició el psicoanálisis, los síntomas y las formaciones del inconsciente guardaban un sentido reprimido susceptible de ser descifrado. Sin embargo, Freud se encontró muy pronto con aquello del síntoma que se resistía al desciframiento, y más aún, a su eliminación. Pudo ubicar que en el síntoma hay algo que se satisface y que más allá del sufrimiento que provoca, hay una fijación de goce que insiste.

Lacan parte de la primacía de lo simbólico, pero progresivamente ubicará el real en juego en el síntoma. Así, en el seminario La angustia, señala que “El síntoma, en su naturaleza, es goce, no lo olviden”.[5] Esta formulación permite situar que el síntoma no se reduce al sentido que puede descifrarse, sino que comporta una dimensión de goce que se resiste a la interpretación. Esto plantea para el psicoanálisis la pregunta por aquello que hace posible que un sujeto pueda arreglárselas con ese goce.

Un psicoanálisis no se orienta por el Nombre del Padre, hace uso de las ficciones en tanto permita tocar el real del síntoma. Sin embargo, en casos donde las ficciones no operan, ¿cómo pensar nuestra práctica? Con relación a esta pregunta, tomo un planteamiento de Miller en Sutilezas analíticas:

[…] una práctica posjoyciana del psicoanálisis, esa que no recurre justamente al sentido para resolver el enigma del goce, esa en la que no se cuentan hystorias, sino que, más allá del discurso del inconsciente, apunta a restituir, en su desnudez y fulgor, los azares que nos llevaron a diestra y siniestra. [6] Nada más alejado, entonces, de la rutina de la práctica y del adormecimiento del sentido. Se trata de jugarnos la partida con la singularidad del goce de cada parlêtre, acompañando sus invenciones y apostando cada vez por aquello que pueda hacer de arreglo frente a lo real del síntoma.


* Psicoanalista en Lima, Perú. Miembro de la Nueva Escuela Lacaniana (NEL) y de la Asociación Mundial de Psicoanálisis (AMP)

[5] Lacan, J., El Seminario, Libro 10, La angustia, Paidós, Buenos Aires, 2006, p. 139.

[6] Miller, J.-A., Sutilezas analíticas, Paidós, Buenos Aires, 2011, pp. 95-96. 

 

LA ÚLTIMA MIRADA

Lizbeth Ahumada Yaneth*

La mirada antes de salir define el modo de salida. No es lo mismo voltear la cabeza, lanzar una última mirada y convertirse en estatua de sal, como sucedió a la mujer de Lot, o mirar al partir y ser castigado con el viaje de retorno a las profundidades del inframundo, como sucedió a Eurídice. Se trata de relatos sobre dos mujeres cómo no que desafían la orden: “nunca mirar atrás”, pagando por tal desobediencia el precio de la abolición de su deseo, y al mismo tiempo, llamando al padre del rigor, al de la ley de hierro. También podemos aludir al joven paciente que cuando iba a cruzar la puerta que lo conduciría al viaje decisivo, voltea a mirar y en ese instante el padre le espeta: “¡demuestra que eres un hombre!”. Ciertamente, la marca de una salida que fija el mandato del padre y se cuela en su valija.

Jacques-Alain Miller [7] alude al momento del final de la cura analítica imaginando que antes de la salida, en un momento dado, el sujeto da la vuelta y mira, y entonces surge la pregunta: ¿qué ve? La cuestión se ilustra con la pintura de Los Embajadores de Holbein citada por Lacan.[8] La obra retrata un compendio de objetos con brillo, cuyo valor se mide en una escala fálica: ostentación, personajes con ropajes sofisticados, joyas, títulos nobiliarios, adornos, libros, símbolos de la ciencia, etcétera. La mirada de quien observa se detiene en la diversidad de objetos trampantojos, fascinada por los destellos luminosos que irradian.

Ahora bien, en la pintura, más allá de los oropeles de los personajes, aparece en medio un objeto extraño, deforme, cuyo estatuto se revela ubicándose desde un ángulo específico, justo “cuando al salir se dan vuelta para echar una última mirada”,[9] en ese instante, la imagen adquiere la forma de una calavera. Esto que emerge implica deponer la mirada sobre los objetos que cautivan y atrapan, solo así es posible percibir lo que no es asimilable en el cuadro. Es una salida entonces que resigna las medallas del Otro y deslinda el ser del sujeto del paisaje de las significaciones que el padre en su metaforización produce. Paso necesario para que se produzca el acto de salir, mirando de costado aquello imposible de mirar de frente.


* Psicoanalista en Bogotá, Colombia. Analista Miembro de la Escuela (AME) de la Nueva Escuela Lacaniana (NEL) y de la Asociación Mundial de Psicoanálisis (AMP).

[7] Miller, J.-A., Cómo terminan los análisis. Paradojas del pase, Grama, Buenos Aires, 2022, p. 87.

[8] Lacan, J., El Seminario, Libro 11, Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis, Paidós, Buenos Aires, 1987, p. 93.

[9] Ibíd., p. 95.

 

Comisión Boletín XVI Jornadas de la NEL

  • Diana Ortiz (Responsable)
  • Paulina Salinas (Responsable)
  • Beatriz García Moreno
  • Yndira Parra
  • Jorge Santiago
  • Pilar Santoyo
  • Diego Tirado

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