
Función y falla de la metáfora paterna *
Gloria González **
El significante es el instrumento con el que se expresa el significado desaparecido.[1]
Son varios los textos de la primera parte de la enseñanza de Lacan en los que encontramos referencias centrales a la metáfora paterna. En el Seminario 3, Las psicosis, nos la presenta desde la vertiente de la inexistencia de la operación metafórica en las psicosis y se ocupa de esta hipótesis también en forma exhaustiva en De una cuestión preliminar. En los Seminarios 4 y 5 se detiene en cómo se efectúa dicha metáfora. Voy a referirme hoy a ese período.
Entonces si vamos a la raíz del problema tendríamos que preguntar inicialmente:
¿Qué es lo que Lacan entiende por metáfora?
Partamos de sus propias palabras: “la metáfora no es una cosa sobre la cual hablar sea lo más fácil del mundo”.[2] Nos advierte así de la complejidad del tema.
En el tiempo en que Lacan dicta el seminario Las psicosis, está preparando una conferencia sobre Freud, en ella se ocupa de despejar cuál es el hilo de la indagación freudiana. Lo encuentra en su pregunta por cómo entra en el ser hablante la dimensión de la verdad y concluye que esta entrada de la verdad depende completamente de la constitución del padre. Señalo esto porque la metáfora es una operación a la que podemos relacionar con una especie de chispa creadora, de advenimiento de sentido y de verdad para un sujeto.
Apenas la semana pasada, Carolina Koretzky [3] nos hablaba acerca de la importancia del estatuto de la verdad. Si bien, dicho estatuto para nosotros no se concreta en un saber verdadero, sino que apunta a lo más singular del goce de cada uno, es a partir del rodeo significante y la producción de efectos de verdad que vamos avanzando en la experiencia analítica hacia el encuentro de esa singularidad.
La metáfora es una de las formas del lenguaje con las que Lacan pudo traducir los mecanismos freudianos de condensación y desplazamiento, eso le permitió afirmar que el inconsciente está estructurado como un lenguaje. Tomó estos elementos de la lingüística y muy particularmente de Jakobson, de su interés por la poética y su invención de los conceptos de contigüidad y similitud posicional.
La metonimia se refiere a la concatenación de significantes. Juan Carlos Indart [4] trae un ejemplo en el que no voy a detenerme tanto como él, pero que resumo en que un caballero dice a una dama “tomemos una copa”. El sentido es susceptible de desplazarse a “tomemos un vino” y ya vendrá -por contigüidad- todo lo que puede agregarse a esta primera frase: blanco, frío, a solas… en esa metonimia se desliza el deseo (de compartir un rato, de intimidad…), al punto que el significante ya no vale tanto por si mismo, sino, porque a él se va articulando el deseo. Podemos entonces decir que el deseo -reprimido- circula bajo la metonimia significante.
Cuando en el Seminario 3 Lacan trabaja el juego significante-significado, a partir de las nociones de metáfora y metonimia, afirma que este juego es lo que llamará más tarde, las pulsiones del Ello. Por tanto, podemos pensar que hay un goce articulado a la cadena significante en su sentido metonímico, planteado inicialmente, a esta altura de la enseñanza que estamos abordando, en términos de deseo. En la metonimia habría que instalar una barra para indicar que el objeto está por debajo de esa cadena, elidido, un objeto que aún no se denomina a y que por tanto vamos a signar como X.
Sin esta concatenación metonímica no es pensable la operación metafórica, la existencia de la cadena significante, es entonces, condición de posibilidad para la producción de una metáfora. Para dar cuenta de esta, Lacan recurre en varios momentos al famoso ejemplo que toma de Víctor Hugo, “Bozz dormido”: Su gavilla no era avara ni odiosa.
Aclara que no se trata de una comparación del tipo así como la gavilla se esparcía gustosamente entre los necesitados, así también nuestro personaje no era ni avaro ni odioso. “No hay comparación, sino identificación”, [5] es decir, hay una similitud posicional que permite desplazar, sustituir el personaje Bozz por la expresión su gavilla, para predicar de él su falta de avaricia y su generosidad.
No es lo mismo decir: “allá en la playa qué lejos se divisan pañuelos que se agitan sin cesar”, que decir, “desde la playa se divisan veleros”. Hay un efecto de sentido nuevo, original, inesperado en la primera expresión, un efecto poético. Para Lacan allí donde no hay metáfora, tampoco hay poesía. Entonces, un esfuerzo de poesía -invitación de Miller- es un esfuerzo metafórico, a una nueva escritura
La función de la metáfora
Con la metáfora paterna se introduce el Nombre del Padre como un significante privilegiado en tanto representate de la ley. Se trata de un esfuerzo epistemológico
por ir más allá del mito freudiano hacia la estructura, transformándolo en un matema.
Voy a referirme principalmente al Seminario 5 Las formaciones del Inconsciente, donde Lacan desarrolla que el sistema significante, para funcionar adecuadamente y permitir que el deseo sea significantizado, requiere de un significante especial, constituyente, el Nombre del Padre. Significante que garantiza la ley de la articulación entre los significantes -funda el hecho de que haya articulación entre estos-, lo que permite que se produzcan efectos de significación según las leyes del lenguaje. Ese es el centro de la indagación de Lacan en el Seminario 5 que el Nombre del Padre es un significante.
Lo destacable es que la función de ese significante primordial -Nombre del Padre es homologada a la función de la metáfora en tanto esta es la sustitución. De la misma manera que en el ejemplo, la gavilla sustituye a Bozz, el Nombre del Padre va a efectuar una sustitución y como efecto de esta se produce un sentido nuevo, una significación fálica.
En la fórmula de la metáfora se lee que lo que es sustituído es el enigmático deseo de la madre. Esta, como nos enseñó Freud con el Fort Da y lo formalizó posteriormente Lacan, es alguien que aparece y desaparece, en una alternancia de presencia y ausencia en la que queda capturado el hijo. Surge entonces en este el enigma y la consiguiente angustia ante no saber qué es lo que ella quiere. El Nombre del Padre viene a dar una respuesta a ese enigma.
En la temporalidad del Edipo el padre se va introduciendo paulatinamente en la inicial relación cerrada -imaginaria- entre la madre y el niño. Si bien, en un primer momento está velado, en un segundo tiempo es quien priva a la madre del objeto de su deseo, por tanto, el niño es desalojado de la posición de ser el falo imaginario de la madre.
La intervención paterna se realiza a través de la palabra de la madre, por eso el estatuto de este padre es simbólico: “No se trata tanto de las relaciones personales
entre el padre y la madre, ni de saber si uno y otro dan la talla o no la dan, como de un momento que ha de ser vivido y que concierne a las relaciones no solo de la madre con la persona del padre, sino de la madre con la palabra del padre…”[6]. Tenemos en este tiempo al Padre del No, necesario para que pueda inscribirse en el siguiente tiempo un Sí que abre la vía del deseo del sujeto.
Finalmente, en el tercer tiempo, que es clave del Edipo en tanto conduce al varón a la salida de este complejo, ya no está en juego ser o no el falo, sino, el tenerlo o no tenerlo, lo que conducirá a la identificación sexuada. Al efectuarse la metáfora, el falo, inicialmente localizado en el cuerpo del niño, se desplaza al padre en este tercer tiempo. Ya no se trata del niño que lo es, sino del padre que tiene eso que la madre desea.
“Este es un paso que se ha de franquear y en el que ha de intervenir en algún momento, eficazmente, realmente, efectivamente, el padre”.[7] Estas últimas afirmaciones son reforzadas por Lacan al decir “La relación de la madre con el padre vuelve al plano real”[8].
Aunque el significante Nombre del Padre pueda afirmarse en ausencia de un padre real, porque en definitiva es en el discurso de la madre donde el niño lo encuentra, para que la función del padre se cumpla, alguien, no forzosamente el padre del sujeto, tiene que encarnarla, alguien deseante que hace de esa mujer que hay en la madre, causa de su deseo y a la vez es capaz de hacerse desear por ella. Por tanto, el padre debe dar pruebas de tener eso que es deseado por la madre, el falo y de que es capaz de dárselo.
Así, el niño no correrá el riesgo de ser él ese falo objeto del deseo materno. Podrá identificarse al padre en tanto Ideal del yo y asumir su ser sexuado. En este punto se hace preciso distinguir el Edipo en el niño y en la niña. Si bien el varón logra salir de esta forma del Edipo, en ella, al reconocerse castrada se instala la envidia fálica y entra en el complejo buscando en el padre y posteriormente en sus representantes, el falo.
La metáfora es siempre fallida
No obstante la operación metafórica, la sustitución no es absoluta, esa X, el significante oculto cae bajo represión y sigue presente en su conexión metonímica en
la cadena, sigue activo. Al respecto, encontramos en el curso de Miller La naturaleza de los semblantes una advertencia, cuando afirma que el término significación califica lo que un sujeto puede conocer de una estructura que a la vez desborda esta significación. Es entonces lo que el sujeto alcanza a conocer -lo que logra interpretar- de ese deseo materno, que ahora, con Miller, podemos decir, sobrepasa la significación -el resultado de la operación de la metáfóra- contiene un aún…más.
“La madre fundamenta al padre como mediador de lo que está más allá de su ley, la de ella, y de su capricho…” [9]
Sirviéndonos de desarrollos posteriores leemos en esta cita la dimensión de un más allá materno, de algo que sobrepasa la ley del padre que puede dar sentido a su deseo, pero no capturarlo plenamente en lo simbólico. Podríamos escribir bajo la barra del DM, X + indicando con este último signo lo que de ese deseo no alcanza a ser metaforizado.
De esto deducimos que, sobre el vacío que la X representa, sobre la imposibilidad de concerla, de nombrarla plenamente, una metáfora opera dando una significación nunca absoluta.
En términos freudianos podríamos pensar que el excedente de sexualidad, no es plenamente atrapable por el significante, de allí que digamos que la metáfora
paterna es siempre fallida, aunque opere localizando el falo y proporcionándolo como respuesta, queda un ¿qué más quiere?
Hoy, cuando constatamos que ha desfallecido el orden simbólico y el padre con él ¿qué viene en su lugar? porque es verdad que el padre del mito, el de la tradición, no va más, pero se requiere de una función que separe y que anude. El goce no es abordable directamente, entonces ¿qué lo metaforiza? ¿Qué nos permite hacerlo analizable y qué posición conviene al analista? Contamos con los desarrollos sobre la multiplicidad de los nombres del padre y lo que de ello se deriva, el sinthome, que nos pone ante una clínica de las soluciones singulares.
Sobre estos y otros aspectos estaremos trabajando en los meses que restan para las Jornadas y durante estas. Esperamos contar con verdaderos espacios de conversación, especialmente en las mesas simultáneas, ocasión para dar pruebas de nuestra práctica ante la comunidad analítica. Los casos están siendo leidos cuidadosamente en los carteles organizados por la comisión clínica, el deseo de formación se manifiesta una vez más en la NEL.
* Presentación de las XVI Jornadas de la NEL en la Sección Bogotá el 21 de julio de 2026
** Psicoanalista en Bogotá, Colombia, Analista Miembro de la Escuela (AME) de la Nueva Escuela Lacaniana del Campo Freudiano (NEL) y de la Asociación Mundial de Psicoanálisis (AMP).
[1] Lacan, J., El Seminario, Libro 3, Las psicosis, Paidós, Buenos Aires, 2002, p. 317.
[2] Ibíd., p. 312-313
[3] Conferencia pública dictada en Lima el 16 de julio de 2026 bajo el título “¿Qué lugar tiene la palabra hoy?”.
[4] Indart, Juan Carlos, “Introducción al problema de la metáfora”, Jornadas preparatorias al V Encuentro Internacional del Campo Freudiano, 23 de mayo de 1988.
[5] Ibíd., p. 313.
[6] Lacan, J., El Seminario, Libro 5, Las formaciones del Inconsciente, Paidós, Buenos Aires, 1999, p. 196.
[7] Ibíd., p. 192.
[8] Ibíd., p. 200.
[9] Ibíd., p. 197.

